Cuestión de actitud

Alejandro Pérez García

Alejandro Pérez García

Relato autobiográfico

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Hace bastante tiempo, quizá demasiado, en un curso de verano, un ponente afirmaba, sin complejos y casi con orgullo, que él se dedicaba a perder concursos de Arquitectura. Tengo que admitir que la llaneza con la que reconocía esa especie de manera de vivir anclado en el fracaso me sorprendió. Mucho. No es frecuente toparse en la vida con personas que eliminan de su discurso la pompa y las excusas para presentarse al mundo como profesionales a los que el éxito regatea como norma.

Es cierto que, a renglón seguido, matizaba que lo habitual era quedar el segundo. Pero eso, en una disciplina en la que sólo obtiene premio –económico y constructivo– el elegido como ganador, ya es bastante.

Lamento profundamente no recordar el nombre del ponente. Yo en aquella época era menos organizado o demasiado soberbio como para intuir que mi memoria no se mantendría igual de fresca con el pasar de los años. El caso es que la sentencia, que más que una confesión parece una declaración de intenciones, se fijó en mi pensamiento y, recurrentemente, me asalta y me hace reflexionar sobre la manera en que nos presentamos al mundo.

Es curioso, porque, en realidad, si se analiza con calma, es una pregunta hasta cierto punto intrascendente. Y, pese a ello, una de las más inmediatas cuestiones que planteamos a alguien que acabamos de conocer es a qué se dedica o, más abiertamente, qué es –a nivel laboral, se entiende–. Y digo que es curioso porque parece que eso, de alguna manera, debería identificarnos. Una actividad en la que invertimos un tercio de nuestro tiempo, debe ser definitoria de nuestra personalidad o forma de ser. Como si todos los albañiles, fontaneros, abogados, médicos o profesores estuvieran cortados por un mismo patrón; o, lo que es más extremo y ridículo aún, como si todo bicho viviente sintiera que su profesión lo categoriza como persona.

Ya no somos Juan o Pedro, somos Juan, el camarero, o Pedro, el militar.

Esto, no hay que ser ingenuo, tiene un punto clasista que, a mí, me repele.

Quizá sea porque no sé definirme.

Alex Pérez García

Porque, cuando me preguntan, no sé si contestar que soy arquitecto, escritor, administrativo, profesor o alguien que anda muy perdido en la vida.

Arquitecto no puedo serlo, más que nada porque, con suerte, podría afirmar ser graduado en, que es la titulación que tengo; pero, aunque me hubiera licenciado en su momento, tampoco me presentaría al mundo como tal. Un arquitecto es aquél que diseña y construye edificios y espacios para uso privado o colectivo y yo estoy muy lejos de eso; lo que hago algo tiene que ver con la Arquitectura, pero no de ese modo.

Y es cierto que uno escribe. Ahí está la novela que saldrá a la venta en octubre terminando de cocerse, pero mi pudor me impide decir que me dedico –o quiero dedicarme– a una labor tan bella y que otras personas han llevado a cotas de nivel, para mí, impensables. Yo no soy escritor, como mucho, podría decir que invento historias a las que le doy forma y que, a veces, me las publican.

Administrativo, desde luego que no. Aceptar un trabajo así fue fruto de una suma de casualidades, pero no algo en lo que yo pueda sentirme plenamente reflejado. Profesor, oye, eso es otro cantar, pero, ahora mismo, es más un anhelo de futuro que una realidad presente a día de hoy.

Entonces, ¿qué carajo soy? ¿Deportista? No, ni mucho menos, siendo generoso, alguien que hace deporte todos los días. ¿Músico? Mis vecinos dirán que ojalá, que qué más quisiera yo, así sus oídos no sufrirían cada tarde cuando hago llorar las cuerdas de una guitarra que susurran al viento que, por favor, las acaricie alguien con un poco de talento.

Así que, dado que, como es evidente, el tiempo que invierto en mi rutina, considero, no me perfila como una u otra cosa, hay que buscar una alternativa. Y, sinceramente, en la vida, intuyo que no es aquello a lo que nos dedicamos lo que nos define, sino la manera en que lo intentamos. Cómo, dada una situación o problema, decidimos abordarlos.

Podría afirmarse, pues, en base a eso, que yo lo que soy es un temerario.

Con todas las letras.

Porque rara vez le digo que no a algo. Al menos, no en voz alta. En mi fuero interno puedo estar, constantemente, negándome. Pero ésa es otra historia para ser contada en otro lugar.

Así que, venga, vale, sí, aceptemos temerario como la mejor manera de señalarme.

Seamos, de ahora en adelante, Álex, el temerario.

Alex Pérez García

Hechas las presentaciones, sirva esta extensa introducción –que cualquier lector habrá de perdonarme– para dar pie al tema grueso del blog: el aprendizaje. Aunque, en frío, pueda parecer, quizá, fuera de contexto, hace referencia a una de las lecciones más importantes que he recibido en la vida.

Bueno, en realidad, las dos más importantes.

Una, tiene que ver con la necesidad de cuestionarlo casi todo. No como el niño impertinente que se pregunta por qué las cosas son de una forma y no de la contraria, sino, aceptando que la norma suele venir derivada de la costumbre y que hay planteamientos difíciles de cambiar si solo uno se lo propone; pero, a la vez, tratando, al menos, de ser consciente de hasta qué punto dichos planteamientos son, en realidad, válidos o, siquiera, útiles. Vale, Juan puede ser el camarero hoy –o durante cincuenta años–, pero eso no quiere decir que Juan sea, de verdad, el camarero en su vida; porque, seguramente, Juan preferirá ser recordado como el padre afectivo, el marido generoso o el amigo cómplice. Cosas que, por cierto, nadie dice que es pese a que, muy seguramente, dibujarían un retrato mucho más preciso y pegado a la realidad de la persona que es, valga la redundancia, Juan.

Por otro lado, esa segunda lección tiene que ver con que las personas de las que más he aprendido, en la vida, sin duda, son aquéllos que no han pretendido ser mis maestros. Gente con la que uno se ha cruzado, por aquí y por allá, que, lejos de la Academia y la formación reglada, me han regalado lecciones impagables y cuyo contexto recuerdo con absoluta claridad y con un filtro de afecto, cariño y emoción imborrables.

Y es que, si hago un viaje introspectivo por los lugares comunes del aprendizaje, hay tramos de mi vida que son borrosos.

De la guardería, obviamente, no recuerdo nada. Ojo, uno presume de buena memoria, pero tener, aunque fuera, pinceladas de situaciones propias de la edad en que arrastraba rodillas y palmas por los suelos sería ya un hecho extraordinario del que yo no soy dueño.

Alex Pérez García

En el colegio, por otro lado, empecé siendo un mal estudiante. Muy malo. No sé muy bien por qué, no encajaba. Era gordito en una época de poca conciencia social y mucho bodyshaming. Los profesores, cosas del pasado, tampoco daban excesiva importancia a que a uno lo llamaran bolita o, abiertamente, el gordo, en un entorno en el que, lo que debe primar, es la integración y la diversidad. Entre eso y mi timidez crónica, no fue hasta cuarto curso cuando empecé a ser yo mismo. No sabría decir si fue por haber cambiado de profesores o por haber congeniado con algún grupo de alumnos. El hecho es que, sentirme integrado, aceptado, me hizo relajarme y, en consecuencia, mejorar, y mucho, en mis calificaciones.

Sin embargo, de toda esta época, la lección que más presente tengo, de nuevo, no fue impartida como un tema de clase.

No sé muy bien cómo, se incorporó a mitad de curso un compañero, Falete, con Síndrome de Down. Estuvo con nosotros más de un curso. No recuerdo si dos o tres. Como digo, hay fragmentos de estos años que parecen estar teñidos por una pátina de niebla y no puedo ser muy exacto con tiempos y fechas, pero sí con situaciones y sensaciones.

El hecho es que Falete, el bueno de Falete, tenía serias dificultades para participar en una clase como el resto de alumnos. Él no comprendía los rigores que exigen las aulas y no tenía presente la jerarquía necesaria que separa a profesor de alumnado. Además, se movía por impulsos. Si le apetecía, se levantaba y, cuando lo creía necesario, soltaba, a viva voz, alguna de las palabras que más le gustaban: alcachofa y azofaifa. Nosotros, que no teníamos ni idea de nada y nadie nos había explicado con calma la condición de nuestro entrañable compañero, al principio nos reíamos mucho cuando, en mitad de una explicación compleja, Falete sentenciaba un tremendo ¡azofaifa!, que era como gritar al viento que nadie se enteraba de nada. Con el pasar de los meses, sus maneras no cambiaron, pero nosotros nos acostumbramos a ellas y ya no eran algo que interrumpiese una explicación, sino, más bien, un ruido que, a veces, se producía, como un estornudo o un estuche que se cae.

Yo, no sé por qué, congenié muy bien con él. O él conmigo, no sabría decir. Así que era mi compañero de pupitre y, en el patio, muchas veces venía corriendo a abrazarme. Era fuerte de narices, todo se dicho.

Pasaron las semanas y, un día, Don Miguel, que así se llamaba mi tutor, me llamó para que saliera a echarle una mano al laboratorio. Allí, me miraba, inquieto, a través de sus gafas tupidas mientras sostenía un cigarro en la mano.

Sí, antes se hacían esas cosas.

Me comentó que Falete se tenía que ir. Que tanto su madre como el director del centro se habían dado cuenta de que era lo mejor. Para él y para los demás.

Yo no entendí nada. Recuerdo que me enfadé mucho, mucho. Con Don Miguel por no defender a uno de los nuestros y conmigo por no hacer nada por evitarlo. Pero, contra lo que no se puede luchar sólo cabe la aceptación. Y más si tienes 12 ó 13 años y no sabes por dónde te sopla el viento.

Ese día aprendí que no todos somos iguales. Que no todos vamos a poder disfrutar de las mismas oportunidades. Que los amigos se van, o nos los quitan, y que, por ello, es esencial disfrutar de las personas que tenemos al lado el mayor tiempo posible.

En el instituto yo ya era un alumno muy concienzudo. Obtenía muy buenas notas y acabé con beca por tener matrícula de honor en Bachillerato. Eso sí, nadie perdió ni un minuto en intentar orientarme de cara a lo que vendría después. Tanto es así que, con una nota de corte que me permitía acceder a cualquier carrera, me metí en Arquitectura por descarte. Porque había crecido rodeado de planos y, supongo que pensé, es lo que tocaba.

Durante estos mismo años, a través de un amigo de la infancia, Juan, no el camarero sino el hoy día profe de la UGR, me apunté en los Scouts. La metodología de estos grupos es la del aprendizaje por la acción.

A andar se aprende andando y, a remar, remando.

Posiblemente ahí forjé mi manera de encarar la vida. Eso de que el scout sonríe ante peligros y dificultades, aunque no deja de ser un ideal inalcanzable, tiene mucho de verdad y uno se vuelve alguien casi estúpidamente optimista y obstinadamente trabajador. Mis mayores amistades han salido de esta asociación; casi todas las conservo y a muchos los sigo considerando, más que amigos, hermanos, almas gemelas. De esas personas por las que te cortarías un dedo y una mano si así fuera necesario. Supongo que el hecho de pasar quince días juntos al año, construyendo, de la nada, un campamento, diseñando rutas y pasando buenos y malos momentos, forja un tipo de relación que, a esa edad, es casi inquebrantable. Y que, además, te hace aprender lo importante que es darse cuenta de que las cosas no sólo salen adelante porque uno se empeñe mucho, mucho, sino que, más bien, dependen de un trabajo colectivo. Del esfuerzo que realizo yo para complementar el que haces .

En fin, es una época que recuerdo con mucha ternura y de la que guardo muy entrañables situaciones.

Alex Pérez García

A la universidad llegué como un saltamontes en mitad de una acera. Absolutamente perdido. Sin amigos, ni conocidos, con la condición de haber entrado el primero de mi promoción –años más tarde un par de compañeros me confesaron que en clase me llamaban en Hombre G, por aquello del valor de la gravedad y mi nota de acceso– y las expectativas familiares a la espalda. Profundizar en detalle sobre lo que una alumno aprende y deja de aprender en una etapa tan extensa, sinceramente, no me parece útil, así que sólo pincelaré tres o cuatro situaciones. Y digo que es muy extensa porque, en mi caso, tardé mucho en terminar la carrera. Demasiado. Tanto que casi no llego a hacerlo.

En broma, suelo decir que me he tirado en esa Escuela más tiempo que las puertas de entrada. Que he visto jubilarse a bedeles y profesores. No descarto tener yo el record de años de permanencia en la titulación.

Sí, yo, Álex, el temerario.

Y ése es uno de los principales aprendizajes que saco de mis años universitarios. Más allá de lo que haya interiorizado sobre construcción, historia o diseño, la gran lección que me llevo de este periodo es el darme cuenta de que la vida tiene muchos contratiempos. Que rara es la trayectoria vital que discurre por autopistas asfaltadas y que, más bien, los caminos que uno suele transitar están plagados de baches, curvas y grava.

Terminé las asignaturas de la titulación en seis años. Esto, teniendo en cuenta la dificultad de la misma, oye, no está mal. Sin embargo, yo ya me olía que algo se había torcido. Mis mejores notas se daban en asignaturas que cualquier arquitecto puede considerar tangenciales. Las matrículas y los sobresalientes estaban garantizados en los contenidos de Historia y, por el contrario, en las materias de diseño rondaba el 6 ó el 5 raspado.

Malo.

Además, prefería pasar horas leyendo libros y manuales de Historia y Crítica que enfrentarme a un frío folio en blanco en que diseñar un hotel, un museo o un hospital.

Malo, malo.

Así que llegó la época de hacer el Proyecto Fin de Carrera. El temido PFC. El coco de todo estudiante.

Un edificio enorme, una Terminal de Pasajeros en el Puerto de Motril, con sus cálculos estructurales, de instalaciones y de todo lo demás.

Un trabajo faraónico.

Lo hice, lo básico –planos, en esencia–, rápido. Mucho. Y era bonito, además. Pero yo sentía que no.

Que eso, a mí, no.

Así que, frente a ponerme a diseñar y acabar tan ardua tarea cuanto antes, me dedicaba a escribir –empecé una novela–, a leer muchísimo, a aceptar cualquier trabajo que me ofrecieran y a hacer mucho deporte.

Lo que fuera, antes de seguir con el PFC.

Tanto es así, que pasaron años, muchos, casi una década, y seguía sin finalizarlo. Esto se convirtió en chascarrillo entre mis amigos. Cosa que entendía, pero que también me frustraba, porque yo era incapaz de decir al viento que, sencillamente, no quería hacerlo. Que a mí me interesaba otra cosa. Escribir sobre Arquitectura, explicar a otra gente los proyectos que tan apasionadamente estudiaba con detenimiento.

En fin, admitir que, quizá, me había equivocado de carrera.

Tanto se alargó esto que, por el camino, tuve que adaptarme al plan Bolonia y, con él, al grado universitario.

Hacerlo implicó tener que estudiar seis asignaturas nuevas y, además, hacer un TFG.

Eso, para mí, inicialmente, fue un drama.

Alex Pérez García

Con el paso de los años, creo que es lo mejor que me ha pasado en la vida. Porque ese TFG fue el disparo de salida hacia lo que hago ahora, una Tesis Doctoral que, espero, me dé muchas alegrías.

Cuando me enteré de que este trabajo final no implicaba diseñar nada sino, más bien, hacer un trabajo de investigación teórico, no pude ser más feliz. Trabajaba a diario mis ocho horas e iba al gimnasio a entrenar, pero, también a diario, me iba a la biblioteca por la noche a escribir, leer y analizar.

Dormí tres horas al día durante un mes y, sin embargo, no me pesaba el ánimo.

Lo que son las cosas, lo que es la actitud. Lo que es ser feliz con lo que se tiene entre manos.

La nota no pudo ser mejor y, ese día, tuve claro que lo que tenía que hacer era seguir en esa línea.

Doctorado, divulgación y docencia.

Desde entonces, he compaginado mi trabajo –ése que me da de comer– con mi vocación, con el deseo de que, en un futuro –no muy lejano, espero–, una y otra cosa sean indistinguibles.

He impartido clase en la Universidad como profesor colaborador, realizado divulgación en RRSS de Arquitectura, colaborado con webs y revistas especializadas en Arte y Arquitectura y comenzado, como he mencionado, mi Tesis Doctoral.

Y, es curioso, darme cuenta de lo feliz que se puede ser cuando uno se dedica a lo que, en realidad, le llena, sin complejos, sin vergüenzas y sin pensar en las expectativas que otros se pueden generar, me ha llevado a ser, si cabe, más temerario aún.

Sirva la publicación de una novela como referencia. Porque inventar historias, llevo haciéndolo toda la vida, pero atreverme a hacerlas públicas, ojo, eso es otra cosa.

O, a decidir, de la noche a la mañana, que quiero hacer un triatlón. O competir en aguas abiertas. Aunque llegue el último, qué más da.

La temeridad no garantiza el éxito, pero sí aporta la satisfacción de ser capaz de lanzarse a mucho.

A casi todo.

Posiblemente he sido un poco deslavazado a la hora de contar mi trayectoria vital. Siento un poco de pudor al hablar de mí mismo. No porque tenga reparos en contar mis orígenes, mis habituales fracasos y mis puntuales logros, no. Sino porque tengo la certeza de ser alguien muy común que, quizá, no merezca tanta atención. Pero, llegados a este punto, sí me voy a permitir un último atrevimiento.

Alex Pérez García

Una temeridad final.

Un consejo, que, en el fondo, no deja de ser un deseo.

Creo –estoy seguro, de hecho– de que el sentido de la vida es llegar a conocerse a uno mismo. Transitar por este mundo para, pasados unos años –ojalá muchos–, tener una idea clara de quien se es.

Por el camino, nos asaltarán personas que, para bien o para mal, nos influenciarán. Serán un bastón que nos ayudará a caminar o uno que partirá los radios de nuestra rueda y nos obligará a hacer un alto en el camino. Tanto a unos como a otros, hay que aceptarlos. Y que quererlos. Porque, de forma consciente o inconsciente, nos ayudan a quitar del bloque de mármol que somos al nacer, todo lo que sobra para, como decía Miguel Ángel, sacar a la luz la preciosa escultura latente que ya vivía dentro.

Mientras tanto, sólo podemos decidir qué hacer con el tiempo que nos ha sido dado, y, puestos a elegir, yo decido, cada día y en cada momento, aprender.

Aprender temerariamente, si es posible.

2 comentarios sobre “Cuestión de actitud

  1. Impresionante relato, lleno de lecciones de vida. Como profesora, he encontrado un sinfín de verdades como puños, verdades que suelen quedar en la sombra y, que al leer estas líneas, reconocemos rápidamente. Vocación, aptitud, actitud, son tan difíciles de equilibrar… tanto en mis alumnos como en mí misma. Y sin embargo, es en su justo equilibrio donde se debe encontrar la felicidad. Gracias por compartirlo.

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    1. Gracias, Sara, por tu comentario. Las historias de vida nos ayudan a leerlas a poner sobre el tapete aspectos y verdades, que como dices, quedan en la sombra. El equilibrio del que hablas es dificil de alcanzar, pero como bien dices, es fundamental para avanzar por la senda de la felicidad. Saludos.

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